Zasha y el cencerro
Adria Cruz
Todo el mundo sabe que es una idiotez ponerse a dieta en plena Navidad. Así que, aunque estoy monumental, no pienso pasar de moderación a dieta hasta enero próximo.
Pero esta decisión no surgió de mi vasta sabiduría, sino que la tomé luego de leer esta experiencia que me envió mi amiga y fiel lectora Zasha:
En un arranque desesperado por rebajar me uní a un programa que me recuerda a California. Allí llegué una noche seducida por una voz llena de entusiasmo que me prometía que en 8 semanas estaría regia. Me entregué a la evangelización, aunque me cuestionaba por qué todas las predicadoras se veían más gordas que yo.
Ignoré todos los presagios y acepté entrar a aquel culto que me prometía salvarme de la grasa que se apodera de mis caderas. Después de pagar $400 ya estaba camino a la salvación.
En la tercera clase de aquel catecismo corporal me cobraron $400 adicionales. Yo no me di cuenta del robo porque estaba deslumbrada por las fotos de chicas que habían alcanzado la gloria de la esbeltez. Se me llenaron los ojos de lágrimas de emoción al ver que Julie había rebajado 45 libras en 3 meses gracias a su aportación a aquel culto milagroso.
Ya una vez pagado el diezmo, tu consejera espiritual te sube al altar de la báscula en total entrega al altísimo y, si lograste con dificultad bajar aunque sea una onza, te suenan un cencerro. (¡¡¿¿JUÁT??!!) En ese momento me fui en flashback a mi niñez y vi las vacas pastando a orillas de la carretera cuando salía de paseo con mi familia. Aunque mi niñez fue muy buena, aquel recuerdo de las vacas pastando fue lo mismo que mentarme al diablo y grité que no me tocaran aquel cencerro nunca más. (Menos mal). Parece que instantáneamente caí fuera de la gracia del dios de los cuerpos esbeltos, porque después de aquellas 6 onzas no bajé ni una más.
Pero yo iba fielmente con mi biblia, donde apuntaba todo alimento y no tan alimento que pasaba por mi boca. Iba tres veces en semana a confesarme y aquella báscula no se dignaba a mostrarme una cifra que impulsara el toque del odiado cencerro.
Y así pasaron los días sin bajar ni una onza, hasta que un día que me sentía lujuriosa me jampié un molten de Chili's. (¡Qué rico! Te comprendo). Avergonzada por mi pecado, dejé de asistir al culto y me sumergí en el infierno de la cocina boricua, donde arden los sartenes y se raspan los calderos.
Después de varias semanas volví, no por fe, sino para recoger todas las barritas, juguitos y pastillas que mis $800 habían comprado. La gerente vio mi récord y, sin mirarme a la cara ni pedirme la más mínima explicación, me dio mis productos y se despidió.
En ese segundo comprendí que aquel culto al divino dios de los cuerpos esbeltos era un mero negocio. (Mijita, descubriste la pólvora). Bueno que me pase. (Pues sí, aunque yo hago lo mismo cada dos años en otro culto). Mejor hubiera aprovechado esas tardes de consulta para degustar cuanto manjar se me viniera en gana con mis amigas y guardado esos $800 en el fondo de la liposucción.
Por lo pronto, mis pecados, como mis grasas, se siguen acumulando. Amén.
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